La Biblia Habla

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Publicación cristiana digital

Apologética

¿Quién creó a Dios?

La fe cristiana afirma que Dios no comenzó a existir. Exploramos qué significa su eternidad y por qué preguntar quién lo creó requiere una distinción.

Todo lo que conocemos parece tener una historia. Una casa fue construida, un árbol creció de una semilla y cada uno de nosotros nació. Por eso resulta natural preguntar: si Dios creó el mundo, ¿quién creó a Dios? Un niño puede plantearlo con curiosidad y un adulto con una objeción seria. Ambos merecen algo mejor que una respuesta impaciente.

La respuesta cristiana es que nadie creó a Dios: él no comenzó a existir. Pero repetir esa frase no explica todavía por qué no sería una excepción arbitraria. Para entenderla debemos distinguir entre una realidad que recibe su existencia y el Dios eterno del que habla la Biblia. La cuestión no es prohibir la pregunta, sino examinar qué presupone.

La Biblia distingue al Creador de lo creado

El Salmo 90:2 sitúa la existencia de Dios antes de los montes y de la formación del mundo. El salmo contrasta esa permanencia con la fragilidad de la vida humana. No cuenta el nacimiento de una divinidad ni una sucesión de dioses que se producen unos a otros. Presenta a Dios como el refugio que permanece mientras pasan las generaciones.

En Hechos 17:24-25, Pablo describe al Dios que hizo el mundo como aquel que da vida y no necesita que las manos humanas lo mantengan. Su argumento diferencia al Señor de la creación de los objetos religiosos fabricados por las personas. El Dios bíblico no es un organismo extraordinariamente antiguo que deba alimentarse o ser sostenido por otro ser.

La teología llama a esta independencia aseidad. No es indispensable recordar el término: significa que Dios no recibe de otro su existencia. Esto no equivale a decir que Dios se creó a sí mismo. Para crearse tendría que existir antes de existir, lo cual es contradictorio. La afirmación cristiana es distinta: su existencia no tiene un comienzo ni una causa creadora.

No todo argumento dice que absolutamente todo tiene una causa

Una defensa apresurada de la fe puede decir: todo tiene un creador, así que el universo tiene un creador. Si esa fuera la premisa, preguntar por el creador de Dios sería una objeción perfectamente pertinente. No ayuda formular una regla universal y retirar a Dios de ella justo cuando deja de convenirnos.

Una formulación habitual del argumento cosmológico se refiere a lo que comienza a existir: aquello que comienza requiere una causa. Bajo esa formulación, un ser que no comenzó no pertenece al conjunto del que se está hablando. Otra familia de argumentos se centra en la dependencia de las cosas y pregunta por una realidad que no dependa de otra para existir.

La distinción aclara el argumento, pero no lo demuestra todo

Explicar esas premisas no demuestra automáticamente que el argumento sea correcto. Se puede discutir si el universo tuvo un comienzo, cómo entender la causalidad y si una explicación última debe ser personal. Son cuestiones reales. La respuesta cristiana gana claridad cuando reconoce las preguntas pendientes en lugar de presentar dos frases como una prueba imposible de cuestionar.

Tampoco basta llegar a una causa primera para haber explicado la Trinidad, la encarnación o la resurrección de Jesús. La argumentación filosófica puede abrir una conversación sobre el fundamento del mundo; la identificación de ese fundamento con el Dios bíblico exige considerar su revelación. Cada argumento debe llevar solo el peso que realmente puede sostener.

¿No podríamos decir que el universo siempre existió?

La pregunta es legítima. Si alguien propone una realidad eterna distinta de Dios, no basta responder que es absurda por no haber comenzado: el cristiano también afirma una existencia sin principio. La discusión debe pasar a otra cuestión: qué tipo de realidad puede explicar la existencia y dependencia de todo lo demás.

Ser muy antiguo, e incluso no tener un primer instante, no es exactamente lo mismo que ser independiente. Algo podría pensarse como permanentemente sostenido por otro. Por eso algunos argumentos no dependen de descubrir el primer acontecimiento del cosmos, sino de preguntar por qué existe una realidad dependiente en absoluto. Esa diferencia evita confundir edad con autosuficiencia.

No necesitamos resolver aquí cada modelo cosmológico, ni usar una laguna científica como si fuera el lugar donde se esconde Dios. La fe cristiana no lo presenta únicamente como explicación de los fenómenos que todavía ignoramos. Lo reconoce como Creador y sustentador también de aquello cuyo funcionamiento podemos estudiar y comprender.

¿Qué había antes de Dios?

La palabra antes funciona bien cuando comparamos acontecimientos dentro del tiempo. Pero si Dios es eterno, preguntar por un momento en que todavía no existía introduce una situación que la afirmación cristiana precisamente niega. No habría una etapa anterior a su existencia que necesitara ser llenada por otra persona o por otra causa.

Los cristianos han discutido cómo expresar la relación de Dios con el tiempo. No necesitamos resolver todas esas formulaciones para afirmar el núcleo bíblico: Dios no nació, no envejece como una criatura y no dejará de ser Dios. La eternidad no debe imaginarse simplemente como una vida humana prolongada durante una cantidad inmensa de años.

En Éxodo 3:13-15, Dios se da a conocer a Moisés al enviarlo a liberar a Israel. Ese pasaje contribuye a la comprensión cristiana de su identidad y fidelidad. Sin embargo, conviene leerlo primero en esa escena concreta, no reducirlo a una definición filosófica aislada. El Dios que existe por sí mismo es también quien escucha la aflicción de su pueblo.

Por qué importa más allá de una discusión

Si Dios necesitara ser sostenido por otro, nuestra confianza tendría que seguir buscando a quien lo sostiene. La esperanza bíblica descansa en alguien cuya fidelidad no depende de recursos prestados. El Salmo 90 no habla de la eternidad para entretener nuestra curiosidad: enseña a personas mortales a reconocer sus límites y pedir sabiduría para vivir.

La independencia de Dios tampoco significa indiferencia. En Hechos 17, Pablo une su suficiencia con su cercanía y llama a buscarlo. Dios no necesita nuestra adoración para subsistir; aun así, nos invita a responder a él. Servirlo no es reparar una carencia divina, sino reconocer con gratitud a quien nos da la vida.

Conclusión: nadie creó al Dios eterno

La respuesta cristiana no es que Dios tuvo un origen desconocido ni que se produjo a sí mismo. Es que no tiene origen. La pregunta por su creador presupone que pertenece al mismo orden de realidades que comenzaron o dependen de otra cosa, y eso es precisamente lo que la doctrina bíblica del Creador distingue.

Esta respuesta no elimina todos los misterios ni obliga a un interlocutor a aceptar de inmediato la fe. Sí permite una conversación mejor planteada. Podemos reconocer nuestra dificultad para imaginar la eternidad sin confundir esa dificultad con una contradicción, y seguir preguntando con humildad quién es el Dios que la Escritura nos invita a conocer.

Referencias bíblicas

Lecturas principales: Salmo 90:1-12; Hechos 17:22-31; Éxodo 3:11-15. Los enlaces remiten a la Reina-Valera de 1909, de dominio público. Las distinciones filosóficas se presentan como argumentos para examinar, no como citas de autores ni como sustitutos de los pasajes bíblicos.